Redactor especializado en divulgación científica e histórica Durante milenios, los ladrillos cocidos de Mesopotamia sostuvieron palacios, murallas, templos y canales. Durante siglos fueron simples materiales de construcción de una de las grandes civilizaciones de la Antigüedad. Sin embargo, algunos de aquellos ladrillos cocidos hace más de 3.000 años y grabados con nombres de reyes mesopotámicos conservaban un secreto invisible: una huella intacta de cómo era el campo magnético terrestre en aquella época.
Ahora, una investigación internacional ha logrado descifrar esa especie de “memoria magnética” preservada en decenas de ladrillos de la antigua Mesopotamia, el territorio histórico situado en gran parte del actual Irak. El trabajo, publicado en la revista PNAS, ha permitido reconstruir con enorme precisión las variaciones del campo geomagnético entre el III y el I milenio antes de Cristo. El descubrimiento no solo permite comprender mejor uno de los procesos más misteriosos del planeta, relacionado con el comportamiento del núcleo terrestre. También ofrece una herramienta revolucionaria para fechar restos arqueológicos con una precisión que hasta hace poco parecía imposible.
El trabajo, dirigido por Matthew D. Howland junto a investigadores de varias instituciones estadounidenses e israelíes, examinó 32 ladrillos cocidos con inscripciones de 12 monarcas de la antigua Mesopotamia. Entre ellos aparecen nombres tan conocidos como Nabucodonosor II, Shulgi o Tukulti-Ninurta I. Precisamente esas inscripciones cuneiformes permitieron datar las piezas con gran exactitud, algo muy poco habitual en este tipo de análisis arqueomagnéticos. La cronología suele ser uno de los grandes problemas de estas investigaciones. Materiales como ladrillos o cerámicas apenas contienen restos orgánicos y, por tanto, no pueden fecharse mediante carbono 14.
Sin embargo, al incluir los nombres de reyes concretos, los investigadores pueden situar cada objeto dentro de periodos históricos mucho más precisos. Cuando los artesanos mesopotámicos cocían los ladrillos en hornos que superaban los 600 grados, se producía un proceso invisible para ellos. Los minerales ricos en hierro presentes en la arcilla quedaban magnetizados y registraban la intensidad exacta del campo magnético terrestre existente en ese momento. Ese “sellado magnético” permaneció congelado durante siglos.
Miles de años después, los investigadores extrajeron diminutas muestras de los ladrillos y utilizaron magnetómetros de alta precisión para medir la señal conservada en su interior. A partir de ahí, reconstruyeron cómo fluctuó el campo magnético terrestre a lo largo de más de dos mil años de historia mesopotámica. Tal y como indica el estudio, los resultados confirman la existencia de la llamada Anomalía Geomagnética de la Edad del Hierro del Levante, un periodo comprendido aproximadamente entre 1050 y 550 a.C. durante el cual el campo magnético terrestre alcanzó niveles extraordinariamente altos en Oriente Próximo. Hasta ahora, esta anomalía había sido detectada en regiones como Turquía, Bulgaria, Grecia, China o incluso las Azores, pero existían muy pocos datos procedentes del sur de Mesopotamia.
El nuevo trabajo cambia completamente ese panorama. Los ladrillos estudiados muestran que el fenómeno también afectó de lleno a Babilonia y otras ciudades mesopotámicas. En algunos momentos, la intensidad magnética registrada era hasta una vez y media superior a la actual. Para los investigadores, esto supone una prueba clave para comprender cómo se comporta el núcleo terrestre, responsable de generar el campo magnético que protege al planeta de la radiación solar.
Uno de los resultados más llamativos del estudio apareció en varios ladrillos fechados en tiempos de Nabucodonosor II, el poderoso rey neobabilónico vinculado a la grandeza monumental de Babilonia y a los legendarios Jardines Colgantes. Al analizar estas piezas, los investigadores descubrieron fluctuaciones muy intensas del campo magnético terrestre ocurridas en un periodo sorprendentemente breve: apenas unas décadas. El hallazgo respalda la idea de que el campo magnético del planeta puede sufrir aumentos repentinos de intensidad mucho más rápidos de lo que los científicos habían planteado durante años. La cuestión resulta especialmente importante porque el geomagnetismo terrestre sigue siendo uno de los fenómenos menos comprendidos de las ciencias de la Tierra.
Aunque para los seres humanos parece estable, el campo magnético cambia constantemente debido al movimiento del hierro líquido en el núcleo externo del planeta. Los expertos creen que las bruscas alteraciones detectadas en la antigua Mesopotamia podrían ayudar a comprender fenómenos actuales como la Anomalía del Atlántico Sur, una región donde el escudo magnético terrestre es hoy más débil y que preocupa a la comunidad científica porque afecta a satélites y sistemas electrónicos. Los resultados obtenidos en Mesopotamia muestran que estos episodios extremos no son algo excepcional de la actualidad, sino procesos que la Tierra lleva experimentando desde hace miles de años. Los ladrillos inscritos de Mesopotamia no solo preservaron nombres de reyes, también conservaron una huella invisible del comportamiento del núcleo terrestre hace más de 3.000 años.
Muchos de los ladrillos analizados proceden del Museo Slemani, en el Kurdistán iraquí. Varias piezas habían sido saqueadas de yacimientos arqueológicos durante décadas de conflictos y tráfico ilegal de antigüedades, aunque posteriormente fueron recuperadas y conservadas por las autoridades iraquíes. Otros ejemplares pertenecían a la colección babilónica de Yale. Entre los hallazgos más llamativos aparece un ladrillo asociado a un rey prácticamente desconocido llamado Iakūn-dīri, soberano del territorio de Hurshitum.
Hasta ahora, este personaje apenas era conocido por referencias muy fragmentarias. Sin embargo, una inscripción cuneiforme hallada en uno de los ladrillos permitió identificarlo y situarlo cronológicamente. Ese tipo de descubrimientos demuestra hasta qué punto la arqueología y las ciencias de la Tierra pueden complementarse mutuamente. Los investigadores destacan que Mesopotamia ofrece condiciones excepcionales para este tipo de estudios porque los ladrillos inscritos eran extremadamente comunes en edificios oficiales, murallas y proyectos hidráulicos.
Los reyes mandaban grabar sus nombres en ellos como símbolo de poder y legitimidad política. Sin saberlo, dejaron también un registro científico de enorme valor. Los científicos creen que estos cambios extremos en el magnetismo terrestre pueden ayudar a comprender anomalías modernas como la del Atlántico Sur. Más allá de la reconstrucción geomagnética, el trabajo tiene implicaciones enormes para la arqueología del Próximo Oriente.
Tal y como ha revelado el equipo científico, los resultados permiten crear una “curva magnética” regional capaz de servir como herramienta de datación absoluta. En otras palabras: si en el futuro aparece un objeto cocido cuyo magnetismo coincida con uno de estos periodos conocidos, podrá fecharse comparando su señal magnética con la nueva base de datos. Esto resulta especialmente valioso en Mesopotamia, donde muchas cronologías antiguas siguen siendo objeto de debate entre historiadores y arqueólogos. En algunos periodos del II y III milenio a.C., las discrepancias cronológicas entre especialistas alcanzan incluso más de un siglo de diferencia.
La arqueomagnetismo podría ayudar a resolver parte de esos problemas. Además, los investigadores sostienen que esta técnica podría aplicarse a otros materiales arqueológicos como hornos, cerámicas o restos de incendios antiguos. Lo que comenzó como un análisis de ladrillos cocidos termina así convirtiéndose en una herramienta capaz de reescribir parte de la historia antigua. Porque en ocasiones los secretos más importantes no aparecen enterrados dentro de tumbas de oro ni escondidos en templos monumentales.
A veces permanecen atrapados en simples bloques de barro cocido que llevan 3.000 años esperando a que alguien aprenda a leer la huella invisible de la Tierra.