El creciente déficit comercial de la Unión Europea con China ha dejado de ser una preocupación económica para convertirse en un problema estratégico. Cada vez más Estados miembros consideran insostenible una relación marcada por desequilibrios récord, dependencias críticas y el respaldo de Pekín a Rusia en la guerra de Ucrania. Ante esta situación, los líderes de la UE han acordado en la madrugada de este viernes pedir a la Comisión “desarrollar y, en última instancia, complementar el conjunto de herramientas en el ámbito de la defensa comercial y la política industrial”. El objetivo, apuntan altas fuentes comunitarias al término de la primera jornada del Consejo Europeo que se celebra este jueves y viernes en Bruselas, es “garantizar que la UE disponga de todos los instrumentos necesarios para defender sus intereses”. Sobre el papel, lo previsto era que los jefes de Estado y de Gobierno hablaran sobre competitividad y “desequilibrios macroeconómicos”.
En la práctica, iban a debatir sobre la desequilibrada relación de Europa con el gigante asiático: de la vulnerabilidad de la UE, su dependencia y el creciente déficit comercial. Por eso, los jefes de Estado y Gobierno, ante sus diferencias, han consensuado reclamar “un diálogo constructivo con los principales socios económicos”. Un diálogo, han subrayado, que “necesita dar resultados”, señalan las mismas fuentes antes de dar paso esa reclamación de preparar nuevas herramientas que permitan a la Unión responder ante, por ejemplo, la sobrecapacidad industrial instalada en China. Al Consejo Europeo de este jueves, los Estados miembros no llegaban para abordar la cuestión de si China es un problema, sino para contestar cómo y con qué instrumentos se debe responder. Y hay otra pregunta por aclarar: hasta dónde está dispuesta a llegar la UE sin poner en riesgo su relación con la segunda economía del mundo, de la que es muy dependiente.
Es importante disipar esta incógnita, porque, como apuntan fuentes diplomáticas, el umbral del dolor que la democrática Europa y su población están dispuestas a tolerar si se llega a un escenario de guerra comercial es mucho más bajo que el que puede asumir una autocracia como China. Por esto último, también hay diferentes posiciones entre los diferentes Estados miembros y, por eso, en los textos oficiales tampoco aparece mencionado explícitamente el nombre del gigante asiático. Entre los que han reclamado una postura más firme frente a las distorsiones de la economía china se encuentran Estados miembros como Países Bajos, Francia, Italia o Lituania. “Necesitamos una mayor coordinación europea en nuestras relaciones con China para proteger la economía europea e impulsar nuestra competitividad, así que estoy muy abierto a estas discusiones”, ha declarado el primer ministro holandés, Rob Jetten, a su llegada a Bruselas.
Esta semana, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, había advertido de que la situación comercial y de dependencia con China “no es sostenible” y defendió la estrategia europea de “reducir riesgos”. Otros, en cambio, están más pendientes del riesgo de desencadenar una guerra comercial y de sufrir represalias de Pekín en un momento especialmente turbulento para la economía y la geopolítica internacionales. Ahí se encuentra Alemania y, sobre todo, España. “Europa lo que necesita son amigos, necesitamos ser pragmáticos, tanto con potenciales aliados como China como con tradicionales aliados como EE UU”, ha señalado el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, antes de empezar la reunión clave.
Su homólogo alemán, Friedrich Merz ha apuntado: “Hablaremos de los desequilibrios geoeconómicos. Ya lo hicimos en Évian. Además, hemos emitido una declaración conjunta de los jefes de Estado y de Gobierno del G-7 al respecto, que también está siendo seguida con gran atención en Bruselas por mis colegas del Consejo Europeo”. El canciller habla del texto suscrito en la localidad francesa, en la que los países del G7 se comprometen a colaborar para reducir la dependencia que China tiene de las materias primas críticas, una posición que Pekín utilizó el pasado otoño al amagar con imponer restricciones a las exportaciones. Ese capítulo, en el caso europeo, se suma al déficit comercial de la UE con el gigante asiático, que en 2025 superó los 360.000 millones de euros, según Eurostat, un 146% más que 10 años antes. A caballo de ese agujero creciente, las preocupaciones por la sobrecapacidad industrial china, los subsidios estatales y el control de materias primas críticas han ido ganando peso en la agenda europea.
Esto ya se vio hace un par de años, cuando la Unión Europea aprobó aranceles adicionales a los vehículos eléctricos importados desde China tras concluir que los fabricantes chinos se beneficiaban de ayudas públicas que distorsionaban la competencia. Sin embargo, aquella decisión no ha alterado significativamente la tendencia general de los intercambios comerciales ni ha reducido las preocupaciones europeas sobre la creciente dependencia de sectores considerados estratégicos. Sobrecapacidad industrial y subsidios ilegales son dos de los desequilibrios de los que la UE acusa a China desde hace años. Hay otros, como el control que ejerce Pekín de materias primas críticas, claves tanto en la transición energética como en la digital.
Y ninguno se corrige ni parece que China tenga mucho interés en ello, empieza a concluirse en casi todas las capitales comunitarias. La estrategia oficial de Bruselas sigue siendo la misma: reducir riesgos sin romper la relación económica. El llamado de-risking (reducción de riesgos), impulsado por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, pretende disminuir las vulnerabilidades europeas en áreas sensibles sin llegar a una desvinculación económica de China. Pero dentro de las instituciones comunitarias crece la sensación de que esa estrategia avanza demasiado despacio.
Bruselas no quiere una ruptura económica con China. Quiere seguir comerciando con China; mantener cadenas de suministro; reducir dependencias estratégicas; limitar riesgos en sectores sensibles. Así, analiza lanzar nuevas herramientas para acelerar la diversificación de proveedores y reducir dependencias. La presencia de capital chino en infraestructuras estratégicas europeas se ha convertido en uno de los puntos más sensibles del giro de la UE.
Participaciones como las del conglomerado marítimo chino COSCO en el puerto del Pireo o en terminales del norte de Europa, como en Hamburgo, han intensificado el debate sobre la exposición de infraestructuras esenciales a actores externos. En paralelo, Bruselas refuerza el control de inversiones extranjeras en sectores sensibles. En los últimos meses, el comisario europeo de Comercio, Maros Sefcovic, ha defendido reforzar las herramientas de la UE para reducir dependencias estratégicas en sectores sensibles, dentro de la política europea de seguridad económica impulsada desde 2023. El debate entre los Estados miembros se centra en cómo proteger cadenas de suministro consideradas críticas, especialmente en materias primas, tecnologías avanzadas y componentes industriales.
China, por su parte, ha advertido de que nuevas restricciones a sus empresas podrían interpretarse como medidas proteccionistas.