Todos los años, al llegar estas fechas, mi padre, la alegría de las viñas manchegas en persona, mutaba en un espectro cenizo, mustio y mohíno para desesperación de sus hijos, que no entendíamos cómo aquel hombrón que se reía de su sombra se sumía de repente en tan impenetrable silencio y tristura. Así, mientras fuera atronaban los petardos y pasodobles de los pasacalles previos a la plantà de las hogueras de san Juan en Alicante, en casa no se oía una voz más alta que otra hasta que, también de súbito, papá volvía a su ser y, para la cremà, ya era el primero en abrirse paso a codazos para ver arder la falla del barrio en primera fila. Pasaron años hasta que, ablandado por el tiempo y sus garras, el viejo nos contó la razón de su anual eclipse de junio. Su padre, mi abuelo Nicéforo, se había puesto malo de morirse y se había muerto en uno de aquellos días de sol de escándalo, y su recuerdo le nublaba el ánimo a negro.
Como si cada principio de verano mudara de piel, y el duelo le añadiera un nudo más a su ya castigada espalda de tanto doblarla cargando maletas en el aeropuerto. Así fue cada junio de su vida hasta que, recién jubilado, agarró él mismo la filoxera, como llamaba a la fibrosis pulmonar que le dejó los pulmones como estropajos de aluminio, que se lo llevó por delante. Serán las fechas, será el calor, será la edad, pero se me representó mi padre al ver a Mette Marit, la princesa heredera de Noruega, entrar al hospital ahogadita viva uncida a las gafitas de oxígeno con las que sobrellevaba su propia fibrosis. A sus 52 años, le acaban de trasplantar los pulmones casi el mismo día que su hijo Marius ingresaba en prisión condenado por violación: los ricos también lloran, y delinquen.
En Noruega, con casi seis millones de habitantes, se hacen unos 30 trasplantes de pulmón al año. En España, con casi 50, se hicieron 556 en 2025. El doble por 100.000 habitantes. Bendito tren de la Organización Nacional de Trasplantes, aunque mi viejo no llegara a tiempo a cogerlo.
Días después de su muerte, hace 20 años, casi a la vez que el empleado del servicio de oxígeno a domicilio se llevaba para siempre de casa la bombona que lo había mantenido vivo, el cartero le entregó en mano a mi madre un sobre gordísimo con su admisión en la lista de espera de trasplantes del hospital Puerta de Hierro. Desde entonces, soy yo la madre ceniza, mustia y mohína que cada junio, antes de la plantà, se eclipsa esperando que la luz de las hogueras que iluminan las palmeras la noche de la cremà le devuelva la alegría.