D�minik Moll presenta una nueva intriga dibujada a la perfecci�n sobre los abismos morales de nuestro tiempo y con una L�a Drucker memorable El cine negro camina desde su fundaci�n sobre la paradoja de una sociedad esencialmente fracturada, esquizofr�nica incluso. Antes incluso de su momento estelar en los 40 de la mano de pel�culas como El halc�n malt�s (1941), Perdici�n (1944), Laura (1944) o Historia de un detective (1944), el gesto turbio del noir, que dijo el cr�tico Nino Frank, hace pie en la contradicci�n de una sociedad, la estadounidense, triunfante tras la Segunda Guerra Mundial y, a la vez, perdida. Los que volv�an de la guerra lo hac�an a un pa�s que ya no era el suyo y que ni siquiera les necesitaba.

Y lo que vale para mediados del siglo pasado vale igual para m�s tarde, los 70, donde los cines ofrecieron una nutrida representaci�n de polic�as corruptos, taxistas dementes, mafiosos con pundonor y g�nsteres de todo pelaje. La paradoja entre la opulencia aparente y la derrota sin paliativos es su argumento m�s claro. Se dir�a que el cine de D�minik Moll ha entendido la lecci�n. Se dir�a tambi�n que es el que mejor la ha entendido.

Su cine bebe con la misma sed (y no de venganza) de Edward Dmytryk que de Sidney Lumet, de Jean-Pierre Melville que de Henri Verneuil o Jules Dassin. Sus personajes acostumbran a ser hombres o mujeres honestos torturados por la conciencia y por la clara consciencia del abismo moral en el que viven. Sufren los personajes solitario de Solo las bestias (2019), sufre el polic�a que es incapaz de resolver el caso en La noche del 12 y sufre de manera magistral en su hieratismo L�a Drucker en �sta, en Caso137. A todos ellos, o a buena parte, les asiste el mismo dilema: viven en una sociedad civilizada, en una Rep�blica presuntamente mod�lica y, sin embargo, la injusticia, la inmoralidad y el abuso de poder les come los pies.

Ahora se cuenta la historia de una polic�a de Asuntos Internos que tiene que investigar qu� pas� cuando un joven qued� gravemente herido en una manifestaci�n. Para que todo parezca tan real como parece serlo (est� basado en un acontecimiento verdadero), estamos en el Par�s incendiado por los chalecos amarillos. De golpe, el caso adquiere un cariz personal al descubrir la agente que la v�ctima es de su ciudad natal. El n�mero del titulo, 137, pronto dejar� de ser eso, solo un n�mero.

Hablamos de brutalidad policial, de racismo, de odio, de instituciones que temen y dudan de la justicia. Hablamos, vuelta al principio, de las contradicciones de una sociedad que teni�ndolo casi todo se niega a que todos tengan de todo. Sin duda, el mejor y m�s f�rtil suelo para el noir. Moll construye la pel�cula con un rigor y una precisi�n fuera de dudas.

Como el alumno aventajado de Lumet que demuestra ser, Caso 137 quiere y busca el clasicismo pero no como un recurso de estilo, sino como un modo de estar en el mundo y de entender el propio cine. Al contrario de los maestros de los a�os 40 del siglo pasado, no se busca la expresi�n con complicados juegos de c�mara. Ahora cada plano es frontal, cada duda discurre en silencio, cada pelea se desarrolla en lo m�s hondo. Estamos ante un thriller fr�o, calculado y, pese a ello (o por ello precisamente), tremendamente expresivo.

La c�mara no persigue a los personajes ni se pretende que la mirada del espectador tome el lugar de cada personaje. Al contrario, todo avanza como lo har�a la misma vida, sin ruido, sin cl�max, sin gestos desesperados. La desesperaci�n simplemente lo ocupa todo. El director sabe que la forma de reconocerse en una protagonista acosada (genial el trabajo de L�a Drucker) es sentir ese mismo acoso, que tambi�n es injusticia, como propia, sin exhibiciones, simplemente recurriendo a los resortes m�s comunes: el dolor por el sufrimiento de un hijo, la rabia por no ser escuchado, el simple miedo.