El italiano Pietro Marcello completa con Martin Eden un d�ptico del surgimiento de lo terrible desde la biograf�a de la �ltima gran diva del teatro italiano fin de siglo Hay algo de enigma entre m�stico y solo dif�cil de explicar, inescrutable tal vez, en el cine de Pietro Marcello que mantiene siempre alerta. Su facilidad para narrar en pasado cada palabra del presente; su claridad para adentrarse en la piel de un personaje ajeno y, sin embargo, tan cercano a la vez que el propio autor se ofrece en sacrificio, y su empe�o siempre en mezclar con los hilos de la fabulaci�n el rastro de una imagen documental misteriosa, le sit�an en un lugar del cine contempor�neo completamente �nico. Por ello, incluso en una pel�cula a distancia de sus mejores trabajos como es Eleonora Duse, la divina resulta muy dif�cil no ponerse de su lado.

Aunque solo sea por el riesgo asumido al intentar comprimir cada una de las dudas de un siglo entero en el cuerpo torturado de una mujer, la pel�cula ya est� a salvo. Aquella frase de Gramsci tan repetida ("El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos") cobra ahora nuevas aristas y matices en la recreaci�n de los �ltimos a�os de la gran diva del teatro italiano fin de siglo testigo y v�ctima del nacimiento de, en efecto, el m�s voraz de los monstruos. Pietro Marcello continua as� con su exploraci�n de las heridas del pasado en el fascismo presente. Si en 2019 fue la novela de Jack London Martin Eden la que gui� los pasos a una especie de biograf�a �ntima que tambi�n lo era social y pol�tica, ahora es la gran dama de la escena La Duse la que se convierte en el mirador desde el que contemplar la deriva de Europa en general e Italia en particular en el periodo de Entreguerras.

En el fondo, de nuevo, el nacimiento del fascismo aparece retratado como la respuesta a un periodo de crisis, transformaci�n y caos que tanto se parece al actual. El director italiano vuelve a componer un drama de otro tiempo sobre el que se impresionan im�genes de archivo de una realidad que sigue ah�, pero en forma de cicatriz. Como es norma en su cine, la textura del mismo tiempo es la protagonista sin dejar nunca del todo claro cu�l es la l�nea que separa y une a la vez al pasado y al presente, ni cu�nto se deben uno a otro. Se dir�a que Marcello rueda convencido de que el pasado no existe, de que el pasado no es m�s que el presente, pero mucho m�s claro por sus modales de mito.

El hecho de que la protagonista sea una actriz a la que encarna con la visceralidad habitual Valeria Bruni Tedeschi le otorga al director un nuevo argumento para llevar la reflexi�n al espacio de representaci�n donde todo, desde la pol�tica a las relaciones familiares, acaba por ser puro teatro. O, por qu� no, solo mentira. Bien es cierto que, en su empe�o de representar la propia representaci�n, de dibujar desde el v�rtigo de la escena la deriva hacia el abismo de la realidad, la pel�cula se enreda en muchos m�s excesos de los deseables. Eleonora Duse, la divina se muestra algo premiosa, redundante, desproporcionada incluso, y no alcanza la altura, profundidad y nervio de Martin Eden o Scarlett.